Sin Jesús de Nazareth no existiría el Cristianismo y la historia humana carecería de aquel componente ético que la ha dirigido al bien. Sin Él, los dos pulmones del mundo cristiano: él occidental y él oriental, no habrían respirado el aire de un mensaje que los discípulos dicen inspirado directamente por Dios, y que, no se puede negar, ha mudado profundamente la vida de mil millones de hombres hasta mudar el curso mismo de la historia. Jesús ha inspirado con su vida, el arte, la cultura, la política, el sentir social, la poesía, el sentir íntimo de cada hombre. Especialmente del hombre que en frente a las grandes cuestiones de la existencia, como el dolor y la muerte, mira a Él como a quien se hace respuesta, indicando una vía de esperanza, que se hace amor y reposo. Nadie ha sabido hablar como Jesús; ninguno ha sabido actuar como Él; ninguno ha sabido operar como Él. Todavía hoy, después dos mil años, su mensaje y su palabra, guardan su encanto original. Sus relaciones con la humanidad y con los hombres, no importando que sean pobres, ricos, débiles o fuertes; con quien padece y está en la alegría, han llegado a ser “el emblema de la perfección moral”. Nadie ha dicho ser “Hijo de Dios”; nadie ha tenido una historia igual a la suya. Su persona y su mensaje ha influido las más grandes religiones del mundo. Sus palabras, en particular, no han iguales. Se ha podido afirmar que en Jesús la palabra ha alcanzado el máximo de su intensidad y capacidad expresiva: Pasamos del discurso de la montaña a las parábolas del Reino. Quizás por esto también, los discípulos lo han llamado como el “el Logos”, la palabra divina hecha carne para comunicarse a los hombres. Desde 2000 años, aquella palabra continúa interrogando. El 22 de octubre de 1978, en el mismo lugar en que está la tumba de Simón Pedro, que fue el “primero” de los discípulos de Jesús, Juan Pablo II ha lanzado al mundo la llamada: “No tengaís miedo de abrir las puertas a Cristo”. Jesús en la historia La Palestina, una Tierra situada entre el Líbano y el Mar Rojo, donde el oriente se encuentra con el occidente. Ombligo del mundo. La Tierra de Canaán o el País de Israel, como es llamado en el Antiguo Testamento. Esta Tierra es como un corredor de paso entre Asia y África, y su misma situación ha sido el motivo de su tumultuosa historia. Aquí se instaló hacía el año 1200 a. de C., el pueblo hebreo, guiado por Dios, que así cumplió fielmente su promesa.

Aquí vivió Jesús, y desde aquí comenzó el cristianismo su expansión por todo el mundo La historicidad de Jesús ya reconocida por todos: creyentes y ateos. Hay muchas pruebas históricas de la existencia de Jesús. Ya Tácito, en su obra “Annales (XV, 44) tratando de la persecución de los cristianos, hecha por Nerón, indica la ejecución capital de Cristo, ordenada por el procurador romano Ponzio Pilato. El testimonio de Tácito está confirmado, hacía el 112 d. C., por Plinio el Joven, que en una carta escrita al emperador Trajano (Ep. X, 96) refiere que los cristianos de Bitinia, en sus oraciones, cantaban un himno a “Christo quasi Deo”, por esto: Cristo casi Dios. El historiador Judío José Flavio, transferido a Roma después la caída de Jerusalén, en su obra “Antigüedad Judíes (Antichità Giudaiche XX,9,1) llama Santiago el menor, uno de los apóstoles, “hermano de Jesús, que es llamado Cristo”. Hay un otro testimonio del mismo historiador, sino de incierta autenticidad, llamado “testimonium Flavianum”. Hay además otras referencias de Suetonio (70-130 d. C.), y hay fuentes judías como la Mišnah y el Talmud. En estas obras, donde hay textos judíos antiguos escritos desde segundo hasta el cuarto siglo, Jesús está mencionado muy veces (10 veces aproximadamente). En estos textos está presente la polémica anticristiana de matriz judía. Por esto, a Jesús, está reconocida la capacitad de “atraer el pueblo”. Además él está acusado de ser un mago. Las fuentes y los documentos fundamentales para reconstruir la historia y la imagen de Jesús, el Cristo, son algunos textos escrito desde 50 d. C. hasta todo el primer siglo: Son los evangelios, las cartas de S. Pablo y las cartas católicas. Los autores de los evangelios son discípulos de Jesús y cristianos que han escrito para otros cristianos. Por lo tanto estos textos son los documentos más antiguos y amplios hacía la imagen, el actividad y el mensaje de Jesús, el Cristo (R. Fabris, Gesù Cristo, Nuovo Dizionario di Teologia Biblica, Ed. Paoline, pag. 596).

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