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Este 31 de Julio celebramos la fiesta de un gran santo, fundador de una de las órdenes religiosas más importantes del mundo: San Ignacio de Loyola.
Ignacio nació llamándose Íñigo de Loyola, en la provincia vasca de Guipuzcoa en España. A los dieciséis fue enviado para servir como paje del tesorero del reino de Castilla. En la corte, desarrollaría un gusto especial por el juego, los duelos y sobre todo las mujeres. Era un militar arrogante y orgulloso, con deseos de gloria, pero valiente, amante de su país y con una voluntad de hierro. En 1521, defendiendo a la ciudad de Pamplona del asedio de los franceses, sería herido en una pierna por una bala de cañón, un hecho que sería trascendental en su vida. Los franceses, admirados por su valor en la batalla, lo devolvieron para que fuera curado.
Una vez de vuelta en su castillo, Ignacio, buscando restablecer su pierna, se sometería a dolorosísimas operaciones, que lo pusieron al borde de la muerte, y lo dejaron cojo por el resto de su vida. Aburrido durante su larga convalecencia, pidió que le diesen libros y le prestaron uno sobre la vida de Cristo y otro con vidas de santos. Mientras tanto, sus sueños de gloria persistían, pero lo dejaban insatisfechos, mientras que después de leer los libros de espiritualidad se sentía en paz y satisfecho. Meditando sobre esto, decidió abandonar sus antiguos objetivos y ponerse al servicio del Señor: desde ahora sería un caballero de Cristo. Ya recuperado, partió a Barcelona, para ir después a Tierra Santa.
En el camino a Barcelona, se detuvo en una ciudad llamada Manresa, donde permanecería por diez meses, rezando y ayunando intensamente en una cueva. Aquí concibió los Ejercicios Espirituales, y tuvo una visión, después de la cual, nunca vería al mundo como antes: Dios le había concedido la gracia de encontrarlo en todas las cosas que veía.
Pero aún le faltaba mucho por aprender. Buscando superar a los santos, se sometió a durísimas penitencias que terminarían haciendo mella en su salud. Esta experiencia le enseñó el valor de la moderación, que luego transmitiría a los jesuitas.
Finalmente llegó a Tierra Santa, pero, al no poder permanecer allí, debió volver a España, donde comenzó sus estudios para ser sacerdote. Esta fue una gran experiencia de humildad para Ignacio, que debió aprender, a los 33 años, latín con los niños, y mendigar para pagar sus estudios. Fue apresado en dos oportunidad por enseñar la doctrina sin estar ordenado, lo cual lo obligó a cambiarse de Universidad. Finalizaría sus estudios en París, donde conocería a los que luego serían sus primeros compañeros, entre ellos San Francisco Javier. Les dirigió en los Ejercicios Espirituales, y seis de ellos, junto con Ignacio, decidieron tomar votos de castidad y pobreza, para, luego de ordenados sacerdotes, partir a Jerusalén. Si la ida a Tierra Santa se volvía imposible, se colocarían al servicio del Papa, lo cual terminó ocurriendo.
Ignacio y sus compañeros, meditando sobre su futuro, se determinaron a fundar una congregación, y así, en 1540, nacía la Compañía de Jesús, de la cual Ignacio fue elegido superior general. Ignacio se dedicaría a partir de entonces a regular y mantener unida a la orden a través de cartas. Vería crecer a la Compañía, que en su vida pasó de tener ocho a mil miembros.
Desde su época de estudiante Ignacio sufría del estómago, y, con los años, su salud decreció aún más, hasta llegar a un punto crítico en 1556. Murió el 31 de julio del mismo año.
Hay muchas cosas que podemos tomar de la vida de San Ignacio para incorporarlas en la nuestra. Es el vivo ejemplo de que nunca es tarde para arrepentirnos de nuestros errores y cambiar, de que nada es imposible si nos lo proponemos; siempre reflexionó y rezó cuando debía tomar alguna decisión importante: se abandonaba completamente a la voluntad de Dios, que fervorosamente buscaba seguir; siendo alguien increíblemente activo, dedicaba muchísimo tiempo a la oración. Estaba lleno del amor de Dios, y todo lo que hacía, lo hacía para la gloria de Él: de hecho, el lema de los jesuitas era, y es, “Para mayor gloria de Dios”.
La obra del santo de Loyola es continuada hoy por la congregación que el fundó, la Compañía de Jesús, integrada por aproximadamente 24.000 miembros, que viven según el espíritu de San Ignacio, buscando a Dios en todas las cosas, y trabajando para mayor gloria de Él.
“Trabaja como si todo dependiera del hombre, y reza como si todo dependiera de Dios”.


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