Pilar Manrique Morenilla

(Licenciada en Enfermería desde el año 1977)

Madre de 4 hijos (dos de ellos Índigo)

Fundadora de la Comisión de Humanización del Hospital Universitario de San Juan; Alicante, España.

Profesora en los cursos de Formación continuada de la Conserjería de Sanidad de la Comunidad Valenciana – España

 

Atardecía; el coche donde viajábamos había sufrido una avería y nos había dejado inmovilizados en mitad de un camino de tierra y barro. El momento era angustioso. Mi abuela y mi madre, sentadas en el asiento trasero estaban rotas de dolor; mi padre, delante, junto con el conductor se debatía entre la impotencia, la rabia y el desconcierto. Yo viajaba “sentada” frente a mi madre y mi abuela. Ella, la abuela, llevaba un bebé en brazos envuelto en una toquilla negra. Lloraban, se desesperaban e imploraban al cielo para que les sacara de aquella situación.

 

 

Todos los ocupantes del coche sufrían por mí.

Me estaba muriendo. Sin embargo yo me sentía pletórica de vida y sabía que todo estaba bien. Intentaba decirles que no se preocuparan, que no lloraran por mí, pero nadie parecía hacerme el menor caso. Nadie me veía, nadie me escuchaba. Miré por última vez a los ocupantes del coche y sentí un inmenso amor por todos ellos: mi madre, mi abuela, mi padre, el vecino del pueblo que conducía el coche...

Por todos menos por aquel bebé. Aquella criatura no me inspiraba el menor sentimiento, no me “decía” nada.

Decidí salir del coche. Lo hice atravesando el techo. Se había averiado frente a un pequeño cementerio. La abuela había hecho un comentario muy gracioso al respecto.

-Tiene gracia la cosa (comentó en voz alta), ¡mira que venir a romperse el coche justo delante del cementerio!.

Me reí mucho, la abuela tenía ese sentido del humor que suaviza las tragedias.

Me elevé un poco mas, por encima del cementerio y contemplé el hermoso paisaje que se ofrecía a mi mirada. El crepúsculo, en todo su esplendor, la tierra mojada por las lluvias de días anteriores, el color de las cosas, de los tomillos, los romeros, las piedras del campo... Todo era color, todo estaba vivo. Presidiendo aquella maravillosa estampa, el Sol. Un sol dorado, anaranjado, violeta; un hermosísimo sol que iba aumentando de tamaño ante mí, produciéndome una inexplicable sensación de éxtasis.

Sentí un irrefrenable deseo de ir hacia el sol, de sumergirme en aquella maravillosa luz de vida que significaba “el camino a casa”.

Por fin volvería al hogar, a mi casa, de donde nunca debí partir.

 

En el mismo instante que “decidí” entrar en aquella luz, escuché una Voz que me dejó paralizada. Una voz rotunda que resonó en todo mi ser.

-NO, todavía no es tiempo de volver.

Atónita y sobrecogida intenté protestar y me enfadé mucho con la Voz, que más que una voz era también una PRESENCIA.

-¡Nadie me ve, nadie me escucha, no saben que estoy aquí! –grité.

-Tienes que volver con ellos, tu trabajo aún no ha terminado – afirmó la Presencia.

-¿Pero dónde? – protesté- ¿dónde se supone que voy a volver? ¿no te das cuenta de que no saben que no estoy aquí? Míralos, mi padre, mi madre, mi abuela, el conductor... ¿dónde vuelvo? ¡Nadie me ve!.

Un sentimiento de tristeza me invadía. La Presencia tenía una autoridad incuestionable; estaba claro que no me estaba permitido marcharme, pero tampoco sabía dónde debía volver.

La voz me llamó por mi nombre, y yo entendí que me conocía desde siempre, que me amaba, que sabia de mí.

-Tienes que volver –repitió-

Al instante me “mostró” donde debía volver. Al bebé. Aquel cuerpo pequeño, frágil y completamente desvalido era yo.

- ¿Ahí dentro? –grité- ¿a ese cuerpo tan pequeño?... ¡si vuelvo ahí lo olvidaré todo!

Lloré, lloré mucho. La idea de ser un bebé fue un golpe terrible. Empezar de nuevo, olvidar y no tener conciencia, iniciar por enésima vez el camino de la vida hasta acordarme.

Pero la decisión estaba tomada, no había vuelta atrás, no estaba permitida la vuelta a casa.

Todavía no.

Ese fue el momento más duro y triste de mi vida. Pude sentir el amor infinito de aquella Presencia, se sentía conmovida por mi dolor, y... me hizo una promesa.

-Nunca estarás sola, siempre estaré contigo...

 

Estos hechos sucedieron un atardecer del mes de mayo del año 1958, yo tenía 5 meses, me estaba muriendo de una grave deshidratación de una semana de evolución. El médico mas cercano vivía en un pueblo a 20 Km. de la aldea donde yo nací. Hacia su casa me llevaban cuando el coche en el que viajábamos se averió.

El resto de la historia me la ha contado mi familia. Otra persona pasó por aquel camino “casualmente” (desvió su ruta sin motivo aparente). Nos recogió y conseguimos llegar hasta el domicilio del médico. Cuando nos recibió, certificó mi muerte. Aún así, ante la insistencia de mi padre y mi abuela, aceptó ponerme un suero, fundamentalmente para que mis padres comprobaran que no se podía hacer nada por mí. Después de dos horas de iniciado el tratamiento, dicen que lloré.

 

Hasta los 5 años mi infancia fue absolutamente feliz. Vivíamos en una casita, en la ladera de un monte, a 3 Km. del pueblo mas cercano. Mis compañeros de juego eran mi perro (Tarzán), una zorra que tenía su guarida monte arriba y unos ratoncitos blancos a los que les daba de comer a escondidas de mi madre. En las noches de verano recibía la visita de unos hombres que vestían unas ropas muy brillantes y que viajaban en un vehículo sin ruedas (yo le llamaba el tractor sin ruedas).

Mi madre nunca conseguía verlos porque cuando yo corría a decirle que estaban allí, ellos se habían marchado.

También estaban los cientos de hombrecitos que vivían en los árboles. Salían y entraban en sus troncos como si tal cosa. Me permitían verlos si me estaba callada y quieta y no llamaba a mi madre. Algunas noches se reunían muchísimos de ellos, que venían de todas partes, portando una bolita de luz blanca en sus manos.. Se sentaban en un claro, al pie de la colina, justo debajo de mi casa, y cantaban algo que yo no entendía, pero que resultaba bellísimo; luego me miraban silenciosos y se introducían de nuevo en los árboles con sus bolitas de luz, ahora mas brillantes.

También había un manantial, a 1 Km. de mi casa, donde nos proveíamos de agua. Me gustaba muchísimo ir allí, porque, a veces, podía ver a unas niñas pequeñísimas con alas trasparentes y brillantes que revoloteaban por los tomillos, los romeros y las margaritas silvestres. Lo más hermoso de ellas, aparte de sus dulces ojos, era cuando un rayo de sol rebotaba en sus alas y aparecían miles de colores irisados y brillantes.

Siempre creí que todas las personas veían lo mismo que yo, y que aquéllo era normal en un mundo, el que yo vivía, en donde era hermoso, sencillo y pacifico.

Mi perro y yo manteníamos largas conversaciones en silencio. Leía mis pensamientos y él los míos. El cuidaba de mí, era mi sombra. Más de una bronca me llevé de él cuando levantaba las piedras con las manos. Sabía donde estaban los peligros y me enseñaba como debía hacer las cosas para que no me picara ningún escorpión, ni ciempiés ni culebra.

Mi mundo era un pequeño paraíso y yo era la niña más feliz de la tierra. Hasta los 6 años.

Nos fuimos a vivir a la ciudad. Entré en el colegio. Nunca más volví a ver a los hombres del traje brillante, ni a los pequeñitos de los árboles, ni a las niñitas con alas.

Las compañeras del colegio se reían de mí cuando les contaba estas cosas. Ninguna de ellas había visto nunca nada. Descubrí, con mucha amargura, que eso sólo me pasaba a mí. El sentimiento de soledad y de ser “diferente”, no me abandonó en muchos años.

Decidí ser como las demás. Me convertí en la mejor alumna, la más estudiosa, la más obediente, la niña que siempre ponían en el “cuadro de honor” del colegio por sus méritos.

Mis profesoras, todas monjas, me hablaron de Dios, de Jesús y de la Virgen, del cielo y del alma. Yo hacía muchísimas preguntas para intentar comprender. La respuesta era siempre la misma: dogma de fe.

Me intrigaba muchísimo el tema del alma. Hablaba con la madre superiora acerca del alma. En ocasiones durante horas. Mi madre soportaba como podía mis “rarezas”.

A pesar de todo, intenté “volver a casa” durante mi infancia varias veces. Cada enfermedad infantil que padecía, se convertía en una amenaza de muerte para mí. Pero la idea de morir me hacía feliz. Volvería a ver el sol y entraría en él por mucho que no me dejaran.

A los 9 años caí verdaderamente enferma. Esta vez parecía que lo iba a conseguir. Apareció de nuevo la Presencia en mi habitación. Volvió a repetirme que todavía no era el momento y me aseguró que seguía conmigo. Me resigné a vivir. Nunca más he vuelto a enfermar de gravedad. Decidí olvidar todo lo que añoraba y convertirme en una persona normal. Lo conseguí hasta los 19 años.

Sin motivo aparente apareció en mi interior el terrible sentimiento de soledad de mi infancia, pero con muchísima mas intensidad. Me sumergí en una depresión motivada por mi crisis de fe. Sin saber porque, todo lo que con tanto esfuerzo había aprendido sobre la religión, la sociedad, los valores que me habían inculcado..., no me servía absolutamente para nada. A medida que ese vacío interior se apoderaba de mí, me abandonaba la ilusión por vivir. Pensé en el suicidio porque me sentía estafada.

Pero habló la Voz, fué una orden, lo sentí en mi alma. No podía ya “ver”, pero todavía podía “oír”:

-¡¡BUSCA!!

La  voz me pedía que buscara pero... ¿dónde? ¿el qué? ¿hacia dónde? ¿para qué?... las eternas preguntas que todos nos hacemos.

 

Durante casi 20 años he sido una peregrina de la vida. Me he acercado a todos los movimientos: religiosos, culturales, corrientes filosóficas y de pensamiento. ¡En fin!... Sería muy largo de contar.

 

He descubierto la verdad fragmentada en todas partes, he descubierto el fraude en muchos de los que se dicen maestros o contactados por entidades superiores, he descubierto el afán de los hombres por eludir la responsabilidad que tienen sobre su existencia, prefiriendo ser guiados por otros en vez de asumir su propia búsqueda.

He descubierto mi camino y el porqué de mi existencia. Hace 25 años que soy enfermera. Ayudo y acompaño a los que sufren, a los que mueren.

Sé que la vida no acaba aquí, porque estuve al otro lado. Intento trasmitir esa esperanza.

La idea  de la trascendencia, que tanto nos preocupa, es algo más que una idea. Es una realidad.

He sufrido el rechazo y la burla del entorno en el que me muevo en mi profesión. La medicina moderna vive de espaldas a la realidad global del ser humano.

A pesar de eso, he seguido en mi trabajo el camino que me ha llenado de plenitud y satisfacción, aún a pesar de las críticas.

Desde hace 4 años imparto clases y charlas sobre el tema de la muerte, la vida, el dolor, el sufrimiento. Las críticas cesaron. Hoy se me reconoce. He hablado en Televisión y radio. Los testimonios de gratitud me colman de alegría.

Hoy sé por qué no se me permitió volver a casa. Aún no he terminado el “trabajo”.

Pero, con todo y con eso, lo más importante no es lo que me ha acontecido a mí, de forma individual, sino el Mensaje. El mensajero no es importante.

 

Mis Hijos

Son cuatro: tres chicos y una chica. A los tres chicos les conocí antes de nacer.

Hablaban conmigo desde “el otro lado”. Preparamos juntos su venida a la vida. Recibí instrucciones precisas sobre su educación y su crianza. Me enseñaron a ser madre. Intento estar a su altura lo mejor posible.

Mi hijo mayor tuvo problemas importantes de salud a los 7 meses. También él quería irse. Le pedí mentalmente que no lo hiciera. Se quedó. Ha tenido problemas importantes en el colegio. Fué diagnosticado de hiperquinético por su pediatra. De pequeño me contaba que veía gnomos y “gente” que tenía cuerpo pero no huesos. Hoy en día, con 20 años, sigue con problemas académicos pero es un líder nato. Mantiene continuos enfrentamientos verbales y de pensamiento con todos sus profesores de filosofía y psicología.

Mi segundo hijo ha mantenido un control absoluto sobre su vida desde pequeño. No dejó de llorar hasta que pudo aprender a caminar. Odiaba ser un bebé. Hasta los 10 años no dejó de decirme que quería volver a nacer para ser gorila.

Mi tercer hijo es un regalo del cielo. Aceptó su vida siempre con una alegría y una serenidad que aún hoy transmite. Desde que pudo expresarse me habla “del otro lado”, de lo que él “sabe” de la vida y la muerte, de sus otras vidas, de las veces que hemos estado juntos antes de ésta.

Mis amigos y amigas adoran su compañía porque, según todos ellos, les inspira serenidad y paz. Nadie acierta a explicarse muy bien porqué.

Mi hija es la más divertida. Tenía mucha prisa por nacer (es ochomesina). Adora la vida y todo lo que le aporta, pero no quiere dejar de ser niña.

Le molesta mucho cuando tener que ir a dormir porque “vuela” y eso le asusta. Le gustan los niños pequeños (ella tiene 10 años) porque dice que hoy en día casi todos los bebés son dulces y brillantes.

 

Como madre aprendo cada día más de ellos. Y les enseño todo aquéllo que ellos me enseñaron antes a mí.

 

Pilar Manrique. Índigo Adulta. (España)

cruzandoalotrolado@hotmail.com